Niña fue sin jugar, adolescente sin reír, y esposa sin amar.
Sin embargo, no lloró demasiado, porque le faltó tiempo. Tiempo para comprender
que en su vida todo lo que ella creía nuevo, era del pasado.
No era más que una muchacha. Equipaje modesto, 15 años y una
sonrisa nerviosa.
Un marido irrumpió en su corazón y arrancó de él su
inocencia. El corazón ya dado de sí nunca pudo volver a estirarse por nadie. No
sabremos si otra vez le faltaron horas de vida o a Alejandra, le invadió el
miedo a amar de verdad y no lo intentó jamás. Se cumplió así la profecía de la familia. “Dos
decenas no pasarás sin saber lo que es amar”. Una manera muy tierna de asumir
que nos encerrarán en jaulas.
Si tras un torbellino de lanzas, bisontes, plumas y magia
pudiéramos volver cien años atrás, veríamos a una madre e hija hablando en la
colina.
La niña quiere saber qué es amar, su madre le canta la profecía para
tranquilizar su ánimo, mientras, le acaricia el pelo.
Pasado es, pero con
cada generación volvemos al inicio. Dudas que se convierten en matrimonio, el
cual pasa a ser el amor invisible que hace algo más infeliz a la persona. Más
perdida y sin esperanza. Pues cuando uno pierde la fe en el amor, queda ya
rígido como un muerto, incapaz de sentir. Las canciones de amor tornan a marcha
fúnebre. Con el corazón deshilachado. Montones de hilos se entrecruzan y nos
vuelven confusos y ciegos a lo que queremos, por lo que incluso moriríamos.
Pero siempre morimos antes de encontrar ese algo por el que merece la pena
vivir.
Aprenderás lo que es amar, es tan fácil decía su madre, una
y otra vez. Sin embargo, pasaron los años y la niña ya había tenido hijos sin
amor ninguno, les cantaba la profecía en la misma colina hasta que toc, toc…
algo llamó a la puerta. Empatía se dejó ver, dulce y animada cruzó el portal y
habló con la niña madre de todas las épocas, y le enseñó en los ojos de sus
hijas el futuro de todas ellas. Era ella misma reflejada, ni siquiera la
idolatría de las pequeñas cabecitas que la miraban atentas podía disimular las arrugas
de la tristeza. Entonces la niña madre quiso algo diferente para sus hijas.
Ella parecía condenada, pero sus pequeñas aún podían salvarse, supuraban
emoción, eso se tenía que poder redirigir a un amor real pensó. Sin embargo,
nunca hay tiempo y no se las salva, las dejamos vivir según la profecía, con un
amor que lleva a la desesperación, a no entender su vida ni destino, dejándote
llevar hasta que ya no eres tú. Mueres sin ser tú. Es posible.
El que más tarde sería su marido sólo encontraba ventajas al
pensar en su futura joven esposa. Vitalidad, físico, risas, esperanza, ojos vibrantes…En
ese momento ella no se percató en que aquello que les unió sería una de sus
mayores desgracias. La apatía de una vida corta y entre jaulas le haría
olvidarse de quién pudo ser fuera del matrimonio. Aún así, pocas desgracias fueron
pues no se sostuvo más en este mundo,
dio a luz a su hijo y tras un rugido su alma se apagó. Y es que aún cuando el
cuerpo resistía y sus entrañas peleaban por vivir, el alma no pudo más, y así
murió.
El padre se acercó a ver a su hijo cuando no vio más que un
precioso lagarto negro, aunque sorprendido, lo cogió en brazos. Sintió que algo
lo sobrecogía, esa pequeña criatura de afilados colmillos era su descendencia, y
raramente lo quería. Su difunta esposa
le había contado historias de antepasados, de hace ya cientos de años,
indios americanos sangrando de color negro, mujeres que daban a luz animales, y
flechas enemigas rotas con una simple pluma. Sin embargo, nunca desarrolló las
historias, todas quedaban en un principio ilógico y curioso. Y el padre no
sabía que la historia de su hijo continuaría, el lagarto negro no era más que
una etapa. Pronto las escamas mudaron y se convirtieron en plumaje del negro
más intenso. Las primeras palabras de su hijo fueron al salir el sol, tal como
hacen los gallos. Aún por ese tiempo, el padre quería a su negro hijo. Sin
embargo, un amanecer perdió las plumas y el pico, apareciendo su negro niño.
Normal, como cualquiera. Ese negro tan intenso de sus plumas fue absorbido por
la piel. El padre horrorizado de ver a un niño tan negro, no lo cuidó más. Sin
hermanos, con una madre muerta y un padre desentendido que no tardó en
desvanecerse, se encontró solo.
1978, verano. Madrid.
La radio hacía días que no cesaba, unos pegadizos versos
inundan la casa, una mujer con expresión derrotista acaba con la melodía, la
respiración del padre a la fuga de nuestro lagarto se llega a oír, gira la
cabeza hacia la radio, y su nueva mujer ahí plantada le dice, claramente y sin
titubear, que ya no aguanta más. Gira de nuevo la cabeza, y al rato el hombre y
el sillón se funden para sólo asentir. A tan solo unos kilómetros se encuentra
nuestro negro niño, al que no le quedó familia pero sí un apodo, acabó en el
orfanato. Lagarto Juancho fue el nombre que le dejó el ingenio de su padre
antes de marcharse. Casi un año después, el sillón-hombre mira en el televisor
unos dibujos animados que le arrancan al menos dos sonrisas. Ese cocodrilo con
sombrero rosa que parece tan irreal existe no muy lejos. Un recuerdo fugaz
sobrevuela el salón. Sin embargo, no le salen las palabras. ¿Qué podía decir?
Pensó en contestar que la amaba y así retenerla unas semanas
más, pero estaba cansado y tenía la mente llena de cocodrilos negros con
sombreros rosas.
La mujer ya decepcionada y sin respuesta hace la maleta sin
derramar lágrima alguna, para arrancarle el lloro faltaron unas pocas palabras
que nunca articuló en esa casa.
-¡Alborto
de chita! ¡Torta quemá! Acércate, sí asín, mu bien, ven pa’acá Juancho. Venga, date prisa muchacho, que hay unos
tantos como tú rondando por aquí que necesitan de mí… ¿Hijo único te crees? ¿No
contestas?
El silencio sólo se
rompe con el crujido del parqué a cada paso de Juancho hacia Marisa, la Verrugosa.
-Bueno,
vamos a ver, la cosa ej’que no eres más que uno de cientos. Además negro, pero
que mu negro. No hay más que mirarte para dárseme cuenta de que eres además un atontao, sí, mu tonto, ¿no me dice ná?
Silencio que termina con la ronca voz de la Verrugosa de
nuevo.
-Pero
venga, ven, ven sin miedo. Si ya nos conocemos mucho, yo siempre cuido mu bien
de toós, soy como vuestra mama, lo que ellas no hicieron por vosotros lo hago yo
caa’día. ¿O no asín, pequeño? dijo Marisa besándole su frío cuello,
mientras la lagartijilla sentía las verrugas de la vieja.
-Juancho…
dímela, ni se te ocurra venirme con la morena eh. ¿Prometes ser franco conmigo? ¿No mentirías a
tu mama, no? No, yo se que no lo harás. Ven, acerca la oreja, eso es ¡PAM!
Hostia al canto.
La sangre del antes lagarto formó un río negro. Sus lágrimas,
los afluentes del Sangriento, eran ya demasiado espesas y caudalosas como para
hundirse en ellas y salir sin heridas. Ahogamiento en ríos de sangre y agua
salada era la primera causa de muerte entre aquellos niños. No era la primera y
seguramente no sería la última para Juancho. La Verrugosa jugaba siempre con su
corazón, lo retorcía y se lo quedaba días enteros, y siempre añadía un recuerdo
físico, un arañazo, un sopapo… cualquier cosa que pudiera ver en el espejo
reflejada, en dos días mejor que sólo en uno. Resignado, vagabundeaba por los
pasillos. Y así es como comenzó su historia. Hasta ese momento, todo habían
sido circunstancias que le arrastraron al orfanato, pero ahora andaba por ahí
por su propio pie. Caminaba constantemente y muy deprisa. Nunca miraba atrás
más de unos segundos, parecía que el pasado nunca tuvo cabida en su vida, que
sólo el futuro existía. Estar parado, retroceder… le hacía sentir desolado,
incómodo, y empezaba a recorrer todas las salas y habitaciones frenéticamente. Sin
embargo, había una excepción, cuando Marisa le llamaba deseaba volver a ser un
lagarto, y cada paso se le hacía eterno.
Tanto corría que en sus pensamientos su madre solo erra un
borrón. Si supiera que lo hubiera querido entendería que su vida tiene valor,
que no es uno de cientos como siempre le recordaba la Verrugosa. Que ser negro
no era más que cuestión de color, como un niño elige, en parte por gusto y en
parte por azar, los colores de su casita de chucherías y chocolate en el papel.
Es raza y es vida. Sin embargo, esta epifanía no llegaría hasta cumplir los 38.
38 largos años sin quererse, sintiéndose mal por haber nacido negro y sin
madre, por tener un padre que no le dejó más que un ridículo nombre. Su
identidad se sustentaba en un dibujo animado, ¿quién podría tomarle en serio?
Juancho fue un vagabundo desde que nació lagarto.
Indiscutiblemente el más veloz.
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